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viernes, 4 de enero de 2013

Yolanda Scheuber - Juana la Reina, loca de amor

Esta obra, que calificaría como biografía novelada, repasa la azarosa y tormentosa vida de Juana I de Castilla, desde su nacimiento, una lluviosa noche de noviembre de 1479 en la hermosa ciudad de Toledo, hasta su muerte, acaecida el Viernes Santo de 1555, lejos de sus seis hijos y en compañía del silencio y la soledad del castillo de Tordesillas, a los setenta y seis años de edad.

Y es una biografía novelada porque todo en la obra gira alrededor de su persona y su mundo. Vivió en una época fascinante de la historia de España, pues en vida de Juana de Castilla se conquista el Reino de Granada, se expulsan a los judíos de la Península Ibérica, se descubre América, se firma el Tratado de Tordesillas, se dobla el Cabo de Buena Esperanza, se sublevan los moriscos granadinos, se forma la Liga Santa, se descubre el Mar del Sur, se extiende la Reforma protestante por Europa, Elcano da la vuelta al mundo, se funda la Compañía de Jesús, se celebra el Concilio de Trento y se establece definitivamente la Inquisición.

Pues bien, todos estos acontecimientos se obvian por la autora del libro hasta el punto de ser meras anécdotas. Esto puede dar una idea al lector de cómo la autora desea profundizar en el talante humano del personaje. Todo en la novela es Juana o gira en torno a Juana. Esa mujer que se casó absolutamente enamorada de su marido, Felipe de Habsburgo, el Hermoso, y a quién dedicó su vida en cuerpo y alma. Esa mujer que no ambicionaba poder ni reino, tan sólo el amor de su adorado esposo y el cariño de sus hijos. Esa mujer –la tercera en la línea de sucesión- que, por mor del destino, hereda el trono de Castilla, por el fallecimiento de sus dos hermanos mayores, un sobrino y un hermanastro. Herencia que será la causa de sus males, pues el trono de las Españas en aquellos años era el más ambicionado por todo el orbe. Y a esa tentación no escapó ni su propia familia en las personas de su padre Fernando, de su marido Felipe y de su hijo Carlos, ni la Corte castellana, que, presos por la codicia, sucumbieron encerrando a la Reina Juana y llevándola a un estado de abandono y dejadez que sólo superó por su formidable entereza, por su fe inquebrantable y el amor que profesó a aquellos que en vida le traicionaron.