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jueves, 11 de diciembre de 2014

Arnaldo Visconti - Serie El Pirata Negro Volúmenes del 50 al 70


50 El hijo del pirata

A los doce grados de latitud Norte, y a los ochenta de longitud Oeste, casi en el centro del Mar Caribe, emerge de las esmeraldinas aguas la isla de Providencia.

En las postrimerías del siglo XVII había sido guarida y foco de tripulaciones piratas, verificando en ella la operación de rol, los capitanes de multitud de naves —muchas de ellas con terribles señales de recientes combates— que acudían a abastecerse, tanto de provisiones como de nuevos tripulantes.

Yla pintoresca escena tenía lugar en cualquiera de sus abundantes calas, donde en la playa, el capitán, en demanda de substitutos a las bajas sufridas, mandaba izar su macabro pabellón en largo remo hincado por el remate en la arena.

Sentábase él tras una mesa, sobre a cual aparecían varios bolsones, cada uno de ellos contenía la «prima de enganche». En segundo término se hallaba el escribano, que era frecuentemente un individuo al que costaba inmensos sudores el ir copiando con honesta caligrafía los revesados nombres y apodos de alistados.

Una sección de hombres armados hasta los dientes, formaba a modo retaguardia a las dos mesas, prestos a intervenir al menor asomo de irrupción de barbudos, sucios y desarrapados isleños, que debían prestarse ordenadamente y en corto número.



51 El chacal

Un muchacho de siete años, robusto y bronceado, aplicados los dos puños en sus caderas, erguida la cabeza y llameantes los negros ojos, contemplaba el ancho mar, encaramado en lo alto de una peña.

Adoptaba la misma postura que había visto ostentar en su padre, el ausente Pirata Negro, cuando dirigía la palabra a sus hombres o se disponía a combatir.

Y Carlos Lezama, hijo, con su bronca voz, desafiaba al mar, desgranando contra él amenazas:

—No te valdrá tu mucha agua, que yo daré alcance a mi padre. Y si los hombres mayores te dominan en barcos grandes, yo por hombre chico en barco pequeño te ganaré...

El día anterior a aquel soleado de un día de abril de 1710, después de una sabrosa pelea con Gabrielle Lucientes y emitido juicio imparcial absolutorio para ambos, por el pelirrojo madrileño, en aquella misma playa de Arrecife de Lanzarote, la pequeña isla canaria, habíase quedado Carlos a solas con Diego Lucientes y habían mantenido una conversación de “hombre a hombre”, cuyas palabras recordaba una a una el muchacho.




52 La legion del mar

La aldea costera de Riohacha, unas doscientas leguas al norte de Puerto Colombia, gozaba de una tétrica fama.

Era el presidio mayor de las Américas españolas y a él iban a parar cuantos delincuentes debían ser juzgados por tribunales de la metrópoli, y en Riohacha aguardaban el momento de ser trasladados con excesivo despliegue de precauciones hasta el galeón que había de conducirles a España para ser juzgados.

Y los que aguardaban sus turnos de embarque llamaban al viaje a la península ibérica, “el último trago”, porque sabían los más de ellos que después de sentarse en el banquillo de acusados, pasarían a pernear colgados de soga justiciera.

Pocos eran los delincuentes nativos. Riohacha se nutría principalmente de soldados, marinos y funcionarios españoles. Gentes que en su día se alistaron en fuerzas expedicionarias, algunas ya con la preconcebida idea de medrar sin reparar en los medios.

Otros, los menos, eran delincuentes circunstanciales, a los cuales un momento de extravío personal, había conducido a Riohacha.




53 La amazona

La más cautivadora de las lecciones de historia, es la que nos da en Francia la contemplación de sus inigualables castillos y monumentos.

A la sombra de catedrales góticas puede fácilmente evocarse la ardiente fe, las esperanzas y los temores de las gentes de la Edad Media. Bajo los techos de las ricas abadías queda aún el susurro de la elegante sociedad de la época de los Luises.

Pero lo que más poder de evocación sugiere, son sus castillos, de los que abunda más que ninguna otra región la tierra francesa.

Encierran entre sus piedras remotos ecos de existencias anteriores, primitivas y hoscas; ruinas feudales de sombrías fortalezas donde, condes y barones encerrábanse para resistir los ataques procedentes de normandos, ingleses y vecinos turbulentos; castillos reales, de más alegre presencia, denotando la evolución de las costumbres.

Los primeros castillos feudales no eran más que construcciones militares destinadas a un fin bélico y organizadas para resistir sitios y defenderse tenazmente.




54 Un violin en la tormenta

En una bahía protegida de la costa sudoeste del islote de las Palmeras, un velero de recia estampa, ancha carena y cortos palos, presentaba en su cubierta un hormigueo de apretujada humanidad negra.

Iban saliendo de la cala; y todos al pisar la madera al aire libre pestañeaban como cegados al recibir contra las pupilas los reflejos dorados del esplendoroso sol por aquel mediodía de un tropical febrero.

A cada lado de la escotilla de salida, y montados encima de la concha, había varios blancos, con los músculos tensos y preparado el látigo.

Vestían todos un uniforme compuesto de camiseta blanca a rayas rojas y un largo pantalón azul bombacho. Cubrían sus cabezas con un amplio sombrero de paja del que pendía una cinta con la palabra: “Walhalla”




55 Tres trotamundos

En junio de 1720, los habitantes de París sentíanse agradecidos por la benevolencia con la cual el astro solar entibiaba los días, sin exacerbar sus rayos.

Era como si la maravillosa primavera parisina, corta de habitual, quisiera prolongarse retrasando la aparición del cálido verano. El tibio soleamiento diurno y la agradable frescura nocturna concedían una grata euforia a los parisinos, demostrando ser cierta la influencia benéfica de los climas templados, que adormilan los instintos y conceden una suave indolencia.

Pero había dos personajes poco propensos, a dejarse influenciar por el apaciguamiento climático.

Aimé Fortinbras y Adelaide de Chamfort, casados desde hacía, tan sólo cuatro días y en perfecta .compenetración hasta entonces, atravesaban un momento difícil, que actuaba a modo de nube en el cielo, hasta entonces plácido, de su corta existencia matrimonial, basada, por parte de él, en un sólido afecto rayano en el sacrificio, y por parte de ella, en una amistad cariñosa.





56 El marquesito

La tormenta iba amainando. Las ráfagas de viento que había soplado con fuerza a partir del mediodía, iban aminorando su intensidad. La gran escoba del huracán ya no barría vertiginosa, doblando árboles y arremolinando las aguas del mar en el litoral de Puerto Colombia, la ciudad sudamericana bañada por las verdosas y glaucas olas del sur del Caribe.

En el puerto, al anochecer, los patrones de bajeles allí anclados otearon con evidente alivio el cielo que si bien obscurecido, clareábase por espacios con guiños de estrellas.

La calma empezaba, y soltaron loa cabos de doble amarra con los que habían asegurado el casco a las setas de hierro de los muelles.

Yves Kerouel, capitán de la fragata francesa “Jeanne D’Arc”, encontraba caluroso aquel anochecer de enero del año de gracia de 1722, para quien como él, habíase desarrollado en la fría y áspera tierra bretona.

En mangas de camisa, presenciaba desde el entrepuente, las operaciones de carga. Había ya ultimado todas sus adquisiciones y estaba de buen humor.

Las mercancías coloniales producirían allá en la costa francesa grandes beneficios para sus armadores, y otros menos cuantiosos para él mismo, aumentando así sus ahorros con los que dentro de cinco años podría retirarse, como patrón y armador de una nave de cabotaje en los litorales europeos.




57 Reunion en palacio

Para el mejor gobierno de la Nación, y como salvaguardia permanente de las vidas de los habitantes de provincia, un prohombre del Estado francés había presentado a aprobación real un proyecto que al principio suscitó muchos comentarios.

Tratábase, nada menos, que de confiar a las aguerridas tropas de Mosqueteros del Rey la misión de ejercer una directa autoridad en cuantos desórdenes estallaran en las provincias francesas.

El prohombre autor de aquella idea se basaba en el marcial entrenamiento de los soldados que cubrían sus bustos con la estola de la Cruz de Lorena y en la pericia de sus jefes, designados para mandar, no por favoritismos, sino por méritos bien calificados.

Citaba también la proverbial honradez que caracterizaba a los mosqueteros y su quisquilloso acatamiento de todo cuanto suponía defender el honor, la decencia y la Patria.

Pero las voces que se elevaron en contra del proyecto, aunque eran dictadas por intereses de politiqueo, ya que entregar la custodia de la Justicia en provincias suponía destituir de sus suculentos cargos a muchos funcionarios ineptos, proclamaban con cierta veracidad que las huestes mosqueteras “como estandartes del orden, equivalía a defender corderos rodeándolos de leones”




58 El leon plateado

Juan Diéguez Rodríguez, Almirante en Jefe de las Escuadras de las Antillas, sólo había tenido en su vida dos acendrados amores: el mar y su hija.

Muerta ésta a manos de piratas del Caribe, cuando se dirigía a reunirse con su padre, a Juan Diéguez habíasele exacerbado su enamoramiento del mar, pero con una obsesión: lograr exterminar la hez de maleantes que pululaban por el espacio líquido engarzado entre el collar norteño de islas y el semiarco de las costas central y sudamericana.

Yen el Caribe iba progresando la labor de limpieza, gracias a la denodada combatividad de la Legión del Mar, creación del burgalés almirante, para cuyo logro había sido preciso que a su frente tomase la dirección de las operaciones de castigo, el que antaño disfrutó de universal renombre como Pirata Negro.

Ycon el tiempo, un hondo afecto fue forjándose entre los dos hombres, cuyos diálogos si bien no desprovistos de aspereza las más de las veces, no llegaban a crear enemistad, porque a los dos les unía la mística obsesión de sanear el mar de las Antillas.

Pero desde hacía unas semanas, las noticias que el Almirante Diéguez recibía de los distintos destacamentos de la Legión del Mar, diseminados por las islas antillanas, le preocupaban.




59 Un pirata novel

Hasta el reinado de Luis XIII, la doctrina real francesa era antiesclavista; no tenían ninguna colonia lejana que tuviera necesidad de mano de obra negra.

Pero, al quedar autorizadas las primeras compañías de colonización empezó a cambiar aquel punto de vista. Bajo el reinado de Luis XIV, se sustentó la teoría de que el esclavismo era necesario a la mejora en valor de las tierras tropicales y que además los negros eran más felices al servicio impuesto de los blancos que en su libre estado de salvajismo.








60 El reto del chacal

Fenimore Graskell tenía un muy buen concepto de sí mismo como navegante experto y como dominador de hombres.

Sólo tenía un confidente: el espejo ante el cual todas las madrugadas, alas cinco en punto, se rasuraba con esmero, pasándose repetidamente el filo de la navaja por el bronceado cutis hasta dejárselo terso como la piel de un niño.

La nítida claridad de sus grises ojos que le habían valido el sobrenombre de ‘‘Ojos de Plata”, poseía una frialdad demostrativa de que ningún sentimiento caritativo se albergaba en su alma.

Yno obstante, Fenimore Graskell meditaba ante el espejo, que la torpe y vulgar humanidad se guiaba en exceso por las apariencias exteriores, sin profundizar.




61 La costa dorada

—No pienso discutir más, porque a nada conduce, ya que a la postre, como siempre, pretenderás tener la razón.

—La tengo, estudiante.

—Eso es lo que me revienta, ¡repámpanos! Esa seguridad con la que das por dogma cuanto dices.

—En este caso, tus mismos rebrincos demuestran que íntimamente estás convencido, don Diego. Hazme la merced de querer comprender que si me lie encadenado a un cargo por el cual mi “Aquilón” navega como un aguilucho cuyas alas están casi plegadas, es para conseguir la magna empresa de que el Caribe sea un mar navegable para toda la grey de honestos mercaderes y viajeros.

—Di mejor que de Pirata Negro te convertiste en Conde Ferblanc, jefe de la Legión del Mar, porque te dijiste: “Ya que no tengo enemigos en el Caribe como pirata, me los buscaré como basurero”. Sí, he dicho, basurero.

—¿Qué es eso de basurero, pelirrojo de mis entretelas?

En el balconcillo de proa del “Aquilón”, que iba aproximándose a la extensa bahía de Puerto Colombia, el Pirata Negro y Diego Lucientes reanudaban la discusión que habíase iniciado al tener ambos noticia de que, a la altura de las Antillas Francesas, habían sido divisadas tres, naves, capitaneadas, respectivamente, por los famosos Leblond, alias “Mefisto”, “Ojos de Plata”—apodo del inglés Graskell—y por el desconocido en el Caribe, Cheij Khan.




62 En pos del Chacal

Si Narcisse Leblond, el parisino, hubiera empleado su inteligencia en labor constructiva, habría sido un genial arquitecto.

Pero la empleaba en labor destructiva de todas clases: destruir almas, cuerpos y creencias. No cejaba hasta lograr emponzoñar cuanto le rodeaba.

Si Narcisse Leblond, hubiera experimentado tan sólo una vez alguna sensación de bienestar ejerciendo acto bondadoso, quizás por su mismo temperamento aficionado a intentarlo todo, y probar lo nuevo, habría ejercido caridades por renovar su agotado sentido relajado por una continua depravación.

Pero Narcisse Leblond odiaba a cuanto significara decencia, honradez y dignidad.

Se jactaba de extraer enseñanzas de cuanto le sucediera y ser buen jugador que no se enajenaba por el favor del Azar ni se enojaba por la racha desfavorable.

No obstante mientras su nave “Mefisto” contorneaba el litoral venezolano, pasado el delta del Orinoco, de donde acababa de zarpar, Narcisse Leblond, privado de su “perro fiel” Corentin Lamark, al cual había colocado como espía de Fenimore Graskell echaba de menos un confidente a quien verter el nuevo caudal de experiencias que había extraído de la reciente “desafección” del joven árabe llamado Cheij Khan y apodado “El Chacal”.



63 El Leon y el Chacal

El velero de alargado espolón llevaba a ambos lados de la parte alta de proa el nombre: “Islam”. En lo alto de su mástil, enarbolaba pabellón azul, donde ondeaba una media luna.

En el puente de mando, Cheij Khan, desnudo el torso, ofrecía a la caricia del sol su fibrosa contextura esbelta, donde, como decía Bourka, el joasme luchador, “no había carne, sino piedra”.

A su lado, Tartar, el coloso de rostro triangular, cráneo rapado, con la sola capilaridad de una “fantasía” que en coleta caíale sobre una sien, alzaba el rostro, sin cejas ni pestañas, y sus ojos redondos tenían la mayor semejanza con los de una colérica lechuza.

En la cara interna del antebrazo izquierdo de Cheij Khan, lucían unos signos cabalísticos, en persa. Un tatuaje que sólo Tartar había traducido, sin comprender el significado de la frase:

“Carlos Lezama, de Lanzarote, abril diecisiete, diez.”

Y en el antebrazo de Tartar, tatuado a punta de cuchillo por él mismo, leíase: “Cheij Khan”. Era su juramento de fidelidad.

—El tigre no hace ruido cuando va a saltar, capitán Cheij—acababa de decir Tartar, con su habitual impavidez.



64 Aguas revueltas

El litoral del Océano Pacífico, comprendido entre los 10 grados latitud Norte y los 20 Sur, y que comprendía desde el Golfo de Panamá hasta la salida al mar de la ciudad de Potosí, recibía desde el siglo XVII la calificación de “Costa Dorada”.

Siguieron empleando este nombre todos aquellos a quienes la diosa Fortuna favorecía por aquellos parajes, pero en los albores del siglo XVIII añadióse otra frase simbólica para designar la misma región: “Aguas Revueltas”.

Yla hicieron común, los que lamentaban pérdidas familiares o monetarias, como consecuencia de las breves pero temibles incursiones piratescas que, iniciada primero audaz y esporádicamente, fueron aumentando en número y periodicidad a causa de diversas circunstancias.

La voz populi daba como motivo básico al estado de perenne alarma en que vivían los poblados y ciudades do la Costa Dorada, la riqueza de ésta y la falta de castigos ejemplares contra los piratas que merodeaban por aquellos parajes, revolviendo con sus andanzas náuticas y terrestres el paradójico Pacífico y su litoral sudamericano.




65 La voz de la sangre

El escritor subrayó con trazo nervioso el epígrafe que acababa de moldear con letras mayúsculas, y, echándose hacia atrás, contempló el intitulado prometedor:

“RELACIÓN SUCINTA DE ANTECEDENTES Y DEL DESCUBRIMIENTO DE LA ODIOSA CONSPIRACIÓN FRAGUADA POR VÍBORAS EN EL CÁLIDO SENO DE LA PATRIA GENEROSIDAD.”

—Rimbombante— comentó, a media voz, el propio autor.

Pero era difícil que Alfredo Huarte pudiera ya liberarse de su fácil y personal estilo de creador, redactor y propagandista de La Voz del Hurón, la gacetilla audaz que desenmascaraba felonías y ensalzaba laudables acciones allá en la ciudad de Puerto Colombia, ribereña con el Caribe.

Mojó de nuevo la pluma de gruesa punta, y escribió bajo el epígrafe, con letra redondilla:

“Narrado por Alfredo Huarte, gacetillero, en misión de confianza eventualmente realizada en la señera ciudad de Santa Fe de Bogotá a 28 de octubre del año fausto de 1722."

Maese Huarte era meticuloso en un aspecto: no aceptaba por veraces informes que no considerase fidedignos.

Pero en cuanto a su método de escribir, era un desorganizado que convertía en laberinto intrincado cuanto le rodeaba. La habitación que ocupaba en la Sala de Estandartes del destacamento de Fuerzas del Tercio de Flandes, en la ciudad colombiana desparramada por la altiplanicie, había sido castrense por su pulcritud.




66 El verdugo espera

Noviembre rezumaba líquida melancolía por las grises paredes de los edificios que componían la ciudad elevada que en la altiplanicie de Bogotá, llevaba nombre de emblema y símbolo.

Santa Fe de Bogotá iba lentamente despertando, como a regañadientes. El grisáceo livor del amanecer tenía flecos de neblina lluviosa, y en los hogares, los que debían, por sus quehaceres, levantarse pronto, lo hacían remolones, arrancándose pesarosos al blando calor de las sábanas.

De por sí perezoso, el temple criollo más lamentaba tener que madrugar...

Y si otras voces, cocineras o madres, acudían al sonsonete alentador de: “—Café calentito y tejeringos recién sacados del horno”... por aquella lívida madrugada, entonaban cantinela de extraño significado: “—No habrá sitio en la Plaza del Adelantado”...

Igual advertencia iba repitiéndose de casa en casa, y producía, pese al inhóspito y desagradable día, más influencia que la promesa de brebaje confortante.

Los varones casados daban cariñosa palmada a sus cónyuges, repitiendo como contraseña:

—Plaza del Adelantado. ¡Aúpa, mujer!




67 Las tres cabezas

Don Artemio Carrascal, coronel-jefe del Cuarto Estandarte de Infantería que llevaba en sus banderines el glorioso emblema de sucesores de los Tercios de Flandes, era un brioso exponente de las cualidades y defectos del soldado que, desde la temprana edad de doce años, ha crecido entre muros de cuartel y tiendas de campaña.

Era la suya una carrera ganada a pulso, sin favores ni influencias. Era coronel en jefe de un Estandarte porque desde el día en que, emocionadísimo, ascendió de pinche ayudante de ranchero a infanzón de banda, hasta el aniversario de sus cincuenta y dos años — cuarenta de los cuales habían transcurrido para él vistiendo ropas militares—, Artemio Carrascal había demostrado ser un fanático de la disciplina y del orden, y un impulsivo combatiente, siempre el primero en la brecha.

La larga melena, el enhiesto mostacho y la ancha perilla, eran los tres adornos capilares que, a su entender, caracterizaban más adecuadamente a los que tenían el privilegio de servir en la nunca vencida infantería española.

Tal vez el único de sus temores era quedarse calvo, porque le repugnaba el uso de peluca, aditamento que consideraba puramente cortesano.




68 Las damas del arco

El velero “Aquilón”, anclado en el puerto de Buenaventura, semejaba, más que una nave en escala, un navío prisionero.

La escala que lo unía con el muelle estaba custodiada en su remate final por una decena de soldados y una sección completa, si bien, no con armas en la mano, demostraba a las tiaras que estaba presta a intervenir al menor síntoma de alarma.

A bordo, varios piratas reuníanse alrededor de uno más alto, de rostro redondo, en el que aparentemente sólo había una abobada expresión de ingenuidad.

Pero un observador ducho en discernir matice, habría definido al poseedor de aquel rostro, como un desvergonzado sujeto.

El tal, mostraba ahora signos de una evidente preocupación. Y no era por estar atosigado a preguntas, ya que Ambrosio Bustamante, apodado “Pencas”, navarro de cuna, tenía un estilo especial para emplear palabras ea forma poco explícita, que sumían en profundas reflexiones a quienes le oían.




69 La fortaleza sitiada

Con el acre aroma de la selva ecuatorial, cárcel de bosques en laberinto, se mezclaba el vaho espeso que ascendía del suelo requemado.

Un verde moscardón, de irisadas alas cartilaginosas, zumbaba con irritante monotonía...

Amodorrado, un negro gigantesco y hercúleo, apoyado contra el grueso tronco de un baobab, fué resbalando lentamente hasta quedarse dormido, con la barbilla apoyada en el ancho pecho.

El moscardón se posó sobre el hombro del negro. No le despertó del sopor la picadura cruel del venenoso parásito, sino la inconsciente inquietud de sentirse observado con insistencia.

Giró el blanco globo de los ojos en la negra faz y al ver quién era el que en pie, frente a él, le estaba contemplando con sonrisa sardónica, el negro tendió las manos, implorante:

—¡No lo haré más, “Massua” Slack!.., Estaba cansado...

—Te nombré capataz, para que vigilases el trabajo de los otros. Te previne, que si no cumplías...

El tono era suave, casi benévolo, pero el capataz sabía quién era Fergus Slack y un estremecimiento de terror contrajo sus potentes músculos.





70 Manada de lobos

Vista desde el mar, la isla rccortábase en el horizonte como una tosca pirámide, cuya alta cúspide aparecía aureolada por nubes densas.

Pero las nubes no eran más que el vapor turbio que brotando de las entrañas de la tierra, suspendía siempre su blanca amenaza, que podía convertirse en cascadas de lava y fuego, sobre la isla de la Martinique.

No obstante aquella peligrosa vecindad, los franceses que por razones de sus cargos y los más, con fines comerciales, venían a la isla, habituábanse pronto a imitar a los indígenas en su indiferencia hacia el Mont-Palé, con su sempiterna cimera nubosa.

La existencia transcurría con un ritmo lánguido, pleno de indolencia, y quizá también por inconsciente contagio, los que llegaban activos y emprendedores desde la metrópoli, iban lentamente sucumbiendo a la lentitud w a la despreocupación que por doquier reinaba en la isla antillana.

lunes, 20 de octubre de 2014

Arnaldo Visconti - Serie El Pirata Negro Volúmenes del 01 al 49

En 1946, aprece: "El Pirata Negro", colección de Debrigode, aunque aquí adoptó el nombre de Arnaldo Visconti, un personaje de "El visitante nocturno”. De nuevo la Editorial Bruguera cuenta con la colaboración de Jaume Provensal para las portadas de esta colección.

"El Pirata Negro", cuyo nombre era Carlos Lezama, viajaba a bordo del Aquilón combatiendo a los buques ingleses y holandeses que se oponían al dominio hispano de los océanos, sobretodo en Panamá, donde el Pirata Negro tenía su morada habitual.

Su ropaje consistía en un traje de pirata, pañuelo rojo en la cabeza y un enorme medallón colgado del cuello.

El Pirata Negro se publicó en 85 números, desde 1946 hasta 1949. Tres años después de su cancelación, en 1952, el personaje reapareció en la colección IRIS, tambien de Bruguera y contando con la destreza de Jaume Provensal como portadista.


01 La espada justiciera

A fines del año 1693, las culebrinas que vigilaban la entrada al puerto de Panamá dispararon siete cañonazos consecutivos. En la Plaza Real se congregaron reuniones de asustados panameños, que, ignorantes de que los cañonazos eran de pólvora sin proyectil, creyeron al principio en una incursión de las temidas flotas corsarias.

Pronto se aquietaron los ánimos cuando corrió la voz de que las salvas se debían a la llegada de la nave española que llevaba a bordo a la hija del Virrey gobernador.

A lo lejos se divisaba ya la airosa silueta de una goleta que, con las velas desplegadas, surcaba el azulado mar. En el castillete de proa, una mujer, casi una niña, contemplaba extasiada el tropical paisaje, que con toda su esplendorosa vegetación iba aproximándose.






02 La bella Corsaria

La proa de la goleta abría un surco de espumeante blancura en la lisa superficie del mar y llevaba a modo de techo movible una bandada de gaviotas, que, procedentes de la cercana costa española del Cantábrico, revoloteaba rozando los soportes de la cofa.

Uno de los tripulantes de la goleta desmenuzó entre sus membrudas manos una hogaza de pan y esparció los trozos al vuelo tirándolos al mar.

Las gaviotas, graznando ansiosamente, se abatieron raudas sobre los flotantes mendrugos, mientras que desde la borda otros tripulantes contemplaban aburridos las riñas de las aves que se arrebataban mutuamente el alimento.





03 Sucedio en Jamaica

El cielo, encapotado y negruzco, era surcado de vez en cuando por relámpagos que zigzagueaban rayando el espacio con luminosa estela.

Los truenos estallaban redoblando gigantescos tambores y las olas, altas y espumosas, barrían la cubierta del “Aquilón", la veloz goleta pirata lanzada a toda vela en pos de la esfumada silueta del velero bretón en el que huían Jacqueline de Brest con sus treinta piratas restantes.










04 Brazo de hierro

Los cinco mil habitantes del único puerto de la isla fueron sucesivamente y a distintas horas, según su mayor o menor propensión al trasnochamiento, apagando las perfumadas velas que iluminaban sus hogares.

El puerto de Cayo Santiago poseía el feliz apaciguamiento propio de una ciudad de prósperos mercaderes, cuyo vivir metódico se condensaba en la diaria tarea de surtir los barcos españoles y de otras nacionalidades que en ruta hacia la lejana Europa y procedentes de las tierras americanas de la Florida, tocaban brevemente en su artillada y protegida bahía para aprovisionarse y surtir sus calas de mercancías preciadas en Europa y de las que los almacenes de Cayo Santiago rebosaban.






05 La Carabela de la muerte 

A corta distancia de las inhóspitas y desiertas costas del bajo Veracruz hallábase anclado el velero “Aquilón” en cuya cubierta medio centenar de piratas iban uno tras otro tendiendo su escudilla para recibir en ella el cazo de ron que el cocinero les repartía.

Ycada uno de los piratas complementaba su desayuno pinchando la ración de tasajo con el cuchillo mientras el cocinero, servido el ron, echaba dentro de la escudilla un puñado de galleta seca.

Soñolientos aún, los piratas masticaban con los ojos semicerrados y el tibio amanecer contribuía a mantenerlos adormilados.






06 El Leopardo

La costa baja y escarpada ofrecía de vez en cuando entrantes protegidos que a modo de puertos naturales brindaban seguro anclaje a los buques que navegasen por las inmediaciones.

Pero eran pocas las naves que, a no ser por arribada forzosa, elegían aquellos parajes como lugar de tranquilo reposo. Porque si bien el mar se aquietaba en las baldas y la entrada a ellas no estaba prohibida peligrosamente por semisumergidos escollos, era, en cambio aquella costa baja del Yucatán semillero de veleros piratas. Y donde los elementos dormían, estaban, en cambio, muy despiertos los instintos malvados de los hombres.








07 Cien vidas por una

La siniestra piratería conocida bajo el nombre de "Los Hermanos de la Cosía” era una discordante cofradía de asesinos salteadores de mar y puertos, que por azares de casuales encuentros, o para unirse aumentando su fuerza, se asociaban pactando permanente unión... que duraba a veces solamente meses.

Pero en las postrimerías del siglo diecisiete las escuadras españolas y los corsarios franceses e ingleses, formaban una poderosa amenaza contra los piratas que navegaban aislados, y el afán de eludir el nudo corredizo de cáñamo o el hacha del verdugo del rey, impulsó a los piratas a reunirse en asociaciones que, si bien tempestuosas en su confraternidad, les permitían dormir sin la zozobra de un despertar violento en poder de infantes españoles o corsarios franco-ingleses.





08 La bahia de los tiburones

En las postrimerías del año 1685, el capitán Desmarets, que en compañía de los piratas Picard y Assolant participó con el capitán inglés Morgan, jefe supremo de los filibusteros, en la toma de la ciudad de Panamá, entonces posesión española, señaló a su piloto que hiciera rumbo hacia una bahía que se avistaba en la lontananza de la baja costa del Yucatán mejicano.

El capitán Desmarets estimó que la amplia bahía acogedora le serviría de momentáneo refugio y de seguro cobijo para la “carga” que necesitaba ocultar.








09 El corso maldito

Para el viajero que por mar se acerque, la isla de Córcega es una tupida masa rocosa flotante, que cubierta de enmarañado y selvático boscaje presenta una violenta tonalidad cromática pardorrojiza.

Es la Isla Roja, por el color que destellan al sol sus montes de brezales y las sarmentosas cepas que crecen entre las peñas de basalto veteadas de rojo pórfido brillante.

Es la Isla Roja, porque el crepúsculo crea la ilusión óptica de un incendio sin llamas, de un fuego latente, que cual gigantesco brasero arde engarzado en las plácidas aguas azules del Mediterráneo.







10 Rebelion en martinica

Al atardecer de un riente día primaveral de abril del año de gracia de 1700, un esbelto velero maniobró hasta colocarse al pairo a unas tres millas del puerto de Marsella.

El vigía del fortificado castillo de If, donde se bailaban situadas las famosas prisiones del Estado francés, estipuló mentalmente que el velero que, agrandado por el anteojo, veía a tiro de cañón, debía ser un barco pesquero de los que habitualmente llegaban por esta época de la lejana isla nórdica de Terranova.










11 Los Filibusteros

En la ascética sala-refectorio, de desnudas paredes encaladas y lisas mesas de pino sin pintar, notábase el contraste entre la austera habitación y los ostentosos penachos de los chambergos y los vistosos colores de las vestimentas de los que se congregaban en pie, discutiendo acaloradamente y empleando términos malsonantes.

Pero lo que más desentonaba en aquella estancia que hablaba de recogimiento y reverentes meditaciones, era el gran lienzo negro que clavado por sus cuatro esquinas con puñales, exhibía un dibujo trágicogrotesco: un esqueleto humano sosteniendo un vaso ancho en una mano y una espada sangrienta en la otra.








12 La primera derrota

“Aquí yace un valeroso inglés,
filibustero llamado Chester Tramp.
A él y a toda su flota, yo los enterré.
“El Pirata Negro.”

Este epitafio rezaba una pancarta de madera clavada contra una gruesa rama de pino hincada verticalmente en un cuadrángulo de tierra recientemente removida.

El mar Caribe bañaba la ribera venezolana, donde Carlos Lezama, el Pirata Negro, acababa de hincar en la tumba de Chester Tramp, la pancarta cuyo texto había trazado con la punta de su puñal.

A media milla de la playa, el “Aquilón” bandeaba levemente, tensas sus velas y rígida la cadena de los dos anclotes.






13 La dama enmascarada

El dédalo de callejuelas del barrio extremo de Saint-Dennis formaba, en el 1701, un laberinto por el cual ningún ciudadano francés se aventuraba pasadas las ocho de la noche.

Cualquier parisino reconocía tácitamente que la ribera derecha del Sena, desde el “Quai” Saint-Dennis hasta la isla del mismo nombre, formada por los dos brazos en que se abría el Sena, era región y dominio de las nocturnas y andrajosas siluetas humanas que se dirigían hacia los pasadizos y subterráneos del alcantarillado, donde reinaba Thibaut le Roi, sobre los restos de la “Corte de los Milagros”.








14 Los tres espadachines


El húmedo y jugoso valle de Kerdal había estado soportando una tenaz y copiosa lluvia, que repiqueteó incesantemente sobre los parduscos tejados de las casas diseminadas en la pequeña aldea.

Y el riachuelo Kerdal, que de costumbre deslizábase mansamente por entre los pastos y trigales, rugía entonces sonoramente, y su ensanchado cauce se desbordaba al descender de la montaña, inundando alguna de las granjas de las laderas, cuyos habitantes, refugiados en los aleros de los techos, se apretujaban entre sí, envueltos en mantas, y esperando la llegada de la balsa de salvamento improvisada por Jarnac de Lesperruy.







15 Los mendigos del mar


Arystottle Toffle sufría dos inocentes debilidades que en él constituían dos pasiones metódicas y sistemáticas, cuyas excelencias proclamaba constantemente, reputándolas incomparables: aspirar el aroma del sabroso grogg caliente en las frías noches brumosas de su ciudad natal de Dover, y compulsar durante el día multitud de archivos históricos.

Pero sus dos fetichismos favoritos tenían una especialidad: el brebaje que contuviera limón, yema de huevo, ron y agua caliente no lo degustaba en cualquier sitio, ni tampoco se quemaba las pupilas descifrando cualquier cronicón antiguo.









16 El rey de los cíngaros

A medida que la extraña comitiva acercábase al castillo que se alzaba al otro linde del bosque de Kerdal, los dos mosqueteros que conducían el fogoso tronco de alazanes, fueron menguando sus trallazos y la carroza disminuyó la velocidad con la cual había viajado desde Calais.

El jinete que galopaba a la zaga de la carroza refrenó también su caballo. Descabalgando, ató el caballo a uno de los troncos del poblado bosque y cogiendo una larga cadena enrollada en el arzón, se internó a pie en la espesura.










17 Noches fantasmales

Uno de los lugares más típicos del palacio real de Versalles no eran sus jardines, con sus surtidores vaporizando el parque galante. Era una antecámara que comunicaba con las grandes salas de recepción.

Esta antecámara no se distinguía ni por su arquitectura ni por su decorado; sin embargo, a causa de su penumbra, era muy concurrida por los cortesanos que aguardaban el momento de ser introducidos a presencia del Rey.

Yen la sala de la Lucarna, que así era llamada la antecámara, venían a reflejarse como en un espejo todas las pasiones, todos los vicios y todas las ridiculeces de la corte y de la ciudad.








18 Montbar, el exterminador

Una soleada mañana de abril del año de gracia del 1704, en el poco frecuentado puerto de Thornhope, situado al extremo occidental de la isla de Jamaica, vino a recalar una goleta de escaso tonelaje y velamen corcusido.

Era el barco inglés que cada tres meses anclaba en Thornhope en una de las escalas de su periplo de correíllo entre las islas británicas de las Antillas.

La población civil que en escaso número habitaba el puerto y ciudad de Thornhope, consideraba como una de sus principales diversiones el apiñarse en el muelle, en las raras ocasiones en que un buque inmovilizaba su quilla en el pequeño puerto.

La flema británica de los naturales de Thornhope no les permitió exteriorizar su sorpresa cuando vieron descender a un apuesto caballero que en su brazo derecho sostenía amorosamente una criaturita que no contaría más allá de unos meses.






19 La tumba de los caballeros

En la bahía del Tritón, al extremo septentrional de la Isla de las Tortugas, dos naves ancladas junte a la playa ofrecían entre sí una diferencia notable en estructura y velamen.

La mayor y más lujosa era un galeón dé recia estampa sólida y severa elegancia, que ostentaba, bajo la linterna forjada en bronce que colgaba de la proa, una palabra de dorados fulgores: “Invict”.

La otra nave era un velero de esbelta línea maniobrera y afilada proa cortante, donde se destacaba el nombre: “Aquilón”.

Separadas entre sí por escasos metros, mantenían contacto con la playa por mediación de unas largas pasarelas constituidas por maderos ensamblados conjuntamente, con gruesas sogas.





20 Frente a frente

A mediados del año de gracia de 1707, y por un riente día del mes de junio, Jean Aumont, el armador más importante de la ciudad y puerto de Burdeos, dirigíase a su hogar, tras haber sostenido una acalorada discusión con los hermanos Drieux.

Más que personal, la discusión entablada entre Jean Aumont, Jerome Drieux y Gastón Drieux, había sido netamente comercial entre dos razones sociales: los astilleros “Aumont” y la “Compañía Exportadora Drieux”.

Si las familias Drieux y Aumont eran de las más conspicuas de Burdeos en el gremio de la adinerada burguesía y mantenían estrecha amistad privada, no por eso Jean Aumont consentía en mezclar lo que al negocio pertenecía con las consideraciones de índole particular.






21 Esclavitud y rescate

En la soleada bahía veíase un bergantín de sólida estructura, con todas sus velas arriadas y luciendo en la proa un cartelón empotrado en el que se leía la palabra “Madriles”. Sobre su cubierta un nutrido grupo de atareados tripulantes se dedicaba a la limpieza, baldeando las maderas y dando lustre a los cobres.

Los artilleros aseaban los bruñidos cañones y algún que otro marinero cantaba alegremente en lengua francesa populares estribillos regionales, que eran coreados por los que sentían nostalgia de la comarca lejana evocada por el cantar.

En el puente de mando, Diego Lucientes, el capitán y propietario de la nave, contemplaba la labor de su “Tercio de Aventureros”.






22 Deuda saldada

En la pequeña bahía sólo anclaba un bajel. Un bergantín de recia estampa y sólida construcción, cuya silueta demostraba que procedía de un astillero francés.

Pero en la proa lucía una enseña muy española. Únicamente una palabra: “Madriles”. En cubierta, sus numerosos tripulantes dedicábanse a diversos pasatiempos, terminada ya la faena matinal de limpieza.

Un robusto bretón de impasibles rasgos faciales paseaba vigilantemente de grupo en grupo, porque para Ankou Kerbrat la disciplina estaba ante todo y aun en los ratos de ocio debía ser respetada.







23 El holandés fantasma

El Océano parecía interminable, y se extendía sin límites, enmarcado únicamente por el horizonte.

Las dos naves que avanzaban lentamente y a poca distancia, aparecían aureoladas por el halo luminoso del sol. Una de ellas era un poderoso bergantín de recia estampa elegante, y a su proa, hacia babor, un esbelto velero mantenía las velas izadas a medias, para permitir que el bergantín, más lento, pudiera seguir su estela.

Poco a poco, el agua hízose, de netamente azul que era, verde obscura, y a media tarde el mar quedó convertido en una vasta alfombra tachonada de arabescos de un color pardo amarillo...

El “Aquilón” y el “Madriles” acababan de entrar en el Mar de los Sargazos.






24 Mezzomorto

No pasarían de un centenar los hombres que, formados en tres hileras, aguardaban en la playa bajo el sol.

Sus abigarradas vestimentas denotaban que, además de ser gentes de mar, no podrían ser acusadas de rebuscamiento en elegir sus ropas: Los aristocráticos chambergos remendados mezclábanse con los tricornios corcusidos y los gorros de lana plebeyos y sucios...

Los hombres en su mayoría iban desnudos de cintura arriba, y casi todos los rostros tenían de común una adusta seriedad y una gran falta de aseo.

Cercano a la orilla, estaba anclado un velero que ostentaba un pabellón con un aguilucho cerniéndose en vuelo hacia abajo, y cuando de él se destacó una lancha conduciendo a dos hombres y un remero, en las tres filas de piratas que aguardaban hubo un movimiento de rectificación.

Todos procuraron arreglar en lo posible sus ropas, y alguno que otro se escupió abundantemente en las manos para intentar dar a sus hirsutos cabellos cierta apariencia de arreglo.






25 Mares africanos

El viento de Levante barría con furia el mar, encrespando las olas y azotando las grandes velas del redo bergantín, que cabeceaba gallardamente de proa dirigiéndose hacia la lejana bahía de Cádiz.

En las vastas calas del bergantín apiñábase una muchedumbre que por sus rotas vestimentas y sus demacrados rostros delataba huellas muy recientes de pasadas penalidades.

Mezclábanse los ancianos con muchachos de corta edad y mujeres. Tero pese a su aspecto derrotado, leíase en todos los semblantes una inmensa alegría.

Todos a una elevaron los rostros Inicia el entarimado de entrada cuando apareció un individuo alto, de anchas espaldas, pelirrojo y manco del antebrazo izquierdo.

El recién llegado, tras el que se detuvo un marino que depositó en el entarimado dos voluminosos sacos, vestía con atildada elegancia y se quitó cortésmente el tricornio azul, que mantuvo bajo su sobaco.






26 Enemigos irreconciliables

La atmósfera semejaba ondular vibrando bajo los cálidos rayos del sol, que conferían crudezas hirientes a los blancos muros de las pequeñas casas del poblado tunecino.

El intenso azul del cielo y del mar convertían el poblado de Kalaat-es-Saam a la hora de la siesta, en una ciudad momificada de cuadriláteros de yeso envueltos por fajas de olivares. Sin embargo, para dos jinetes no debía de constituir una imperiosa necesidad habitual el tenderse a aquellas horas, porque procedentes del Dahar, dirigían sus monturas al trote hacia el extremo del poblado.

Descabalgaron ante una covacha, donde un redondo orificio oficiaba de puerta, y de cuyo arco pendían pieles de cordero.






27 La ciudad invisible

El desierto parecía no tener fin. Largos días de camino, mecidos los nómadas por el acompasado y violento ritmo del camello “mehari”, bajo el ardiente sol...

Noches frías en campamentos sin lumbre, en que el sueño llegaba calladamente, arropado por narraciones de los tuaregs, bajo la mirada de la luna y la estéril amenaza de las hienas...

Horas y horas de transitar en el mar de arenas con sus dunas movedizas, ansiando percibir en el horizonte una línea abrupta que quebrase la monótona uniformidad...

La caravana nómada la componían el cabecilla Dajmur y dos centenares de sus tuaregs, cuyas erguidas sombras blancas, cubiertos los rostros por los velos, tenían inquietantes movimientos bruscos de fantasmales evocaciones.

Cuando, por la noche, el cabecilla Dajmur, cuyo nombre rutilaba en su escudo, daba la señal de alto, la caravana acampaba en vasto círculo, y cada uno sacaba de las alforjas de su “mehari” los alimentos frugales y la parca ración de vino de palma.





28 El capitán lezama

En la inmensidad del Desierto, los aislados macizos montañosos del Djebel Trozzs cortaban con sus repliegues roquizos la desolada superficie de dunas y arena.

El primer jalón rocoso que anunciaba la proximidad de la Tierra Prohibida de los Kel-air, era una meseta semejante a una gran ballena dormida.

Estriada por abismos que semejaban cráteres extintos de volcán, sus enormes bloques calcáreos rezumbaban una viscosa humedad.

Flanqueada hacia el sur esta meseta, reaparecía la inmensa sábana arenosa en abrupta pendiente, en cuyo extremo distinguíase una gran nube algodonosa.





29 Contra viento y marea

El hostal de maese Alba se señalaba desde lejos a la atención de los viajeros, por sus emparrados de pámpanos rojizos que circundaba los azulados grises de su techo de pizarra.

Era el hostal más importante del paisaje de la rivera extremeña.

Situado en la ribera del río Manso, a menos de media legua del pueblo y cercano a la mansión del Justicia Mayor don Gonzalo de Amor, su clientela era varia.

Hacia fines de abril del año de gracia de 1710, una mesa ya dispuesta esperaba a los comensales que le habían encargado.

Maese Alba, en pie tras el seto que encerraba el jardín delantero de su hostal, miraba con parpadeantes ojos las olas calmosas y límpidas que originaba en el río una barca que lo estaba atravesando en aquellos momentos.





30 Manopla de terciopelo

Por el abierto balcón, penetraba la luminosa claridad de un día primaveral, que espolvoreaba de oro los contornos del atractivo panorama que desde la alcoba se divisaba.

Pero el individuo, tendido a medias en el lecho, no parecía prestar la menor atención al paisaje.

Ancho de espaldas y revestido el torso con una blanca camisa de mangas abollonadas, tal individuo, que se reclinaba cómodamente en varias almohadas, ofrecía varias características que llamaban la atención al primer golpe de vista.

Vestía unas calzas amarillas que se enfundaban en altas botas mosqueteras y yacía, semivestido, encima del lecho. Sus rojos cabellos parecían sombrearle la frente, pero en realidad era una reciente y honda cicatriz que dibujaba un trazo rojizo en curiosa línea vertical que arrancaba del nacimiento de su cabello para reunirse con su entrecejo.





31 El caballero errante

El velero “Aquilón”, enfilaba su proa hacia la cercana isla de Lanzarote. Navegaba a toda vela, favorecido por la nítida y encalmada superficie y la suave brisa que hinchaba sin violencia sus lonas.

El Pirata Negro paseaba meditativo por el puente de mando. Tenía impaciencia por ver a su hijo, y, a la vez, por más que se esforzaba, no podía creer en las acusaciones que contra Diego Lucientes habían verificado en La Palma el Caballero Alfonso Gálvez y el contramaestre bretón Mael. No vacilaba en calificar mentalmente de alocado e inconstante al madrileño, pero también lo consideraba netamente incapaz de emplear tal veneno contra nadie ni desposar por la fuerza a una mujer desamparada.

Suponía que alguna explicación natural debía haber en la actitud del pelirrojo madrileño...





32 Sucedió en Sevilla

Situada al exterior de la ciudad sevillana, y en el camino que conduce a Alcálá de Guadaira, hay una plazoleta en la que se alza un templete, y amparados bajo su abovedado techo, una cruz de piedra sirve de mística etapa a los peregrinos que por aquel desierto paraje, se disponen a penetrar en la capital de las Andalucías.

A fines del mes de mayo del año 1710, Rocío Mairena, propietaria de la única posada que abría sus puertas en la carretera que unía el pueblo de Alcalá de Guadaira con Sevilla, presenciaba vigilante la labor de una de las criadas, que regando el patio de entrada, intentaba mitigar los calurosos efectos del soleado día.

El sol declinaba hacia su ocaso, y el tránsito por la carretera era casi nulo. Era tan sólo por las mañanas y a primera hora, que la posada de la Cruz del Campo veíase frecuentada por los panaderos que, procedentes de Alcalá, hacían un alto en la posada para desayunar, y después dirigirse hacia la ciudad donde servían el pan muy preciado que hacía famoso el pueblo cercano.





33 La tizona toledana

La borrasca iba amenguando, pero aun soplaba con fuerza, arremolinando nubes de polvo calcáreo y arena que aureolaban los grises contornos de la playa baja y roquiza de la costa normanda.

El mar desapacible rizaba su superficie en cortas olas encrespadas por entre las que un velero avanzaba enfilando su afilada proa maniobrera hacia uno de los escasos entrantes que la costa ofrecía.

El cielo del amanecer, lívido y neblinoso, destilaba una humedad fría que goteaba monótonamente en una fina llovizna, mientras el velero iba entrando en la caleta, donde, a los pocos instantes, arrió la mitad de sus velas, lanzando además del ancla dos anclotes de sujeción que levantaron penachos de espuma a babor y estribor.

Los tripulantes de la nave, una vez realizada la maniobra, descendieron a las calas, obedeciendo la voz de mando de un sujeto corpulento, de recia y voluminosa musculatura y rostro surcado por múltiples cicatrices.





34 Máscara de flores

Don Antonio Ochoa merecía muy justamente su fama de eminente médico, pues si bien radicaba en Sevilla, era consultado desde puntos muy lejanos de la península.

Poseía en grado sumo las cualidades del verdadero prototipo del caballero andaluz: era racialmente amable, discreto y servicial.

Su ayudante sentía hacia él un afecto forjado en la larga permanencia a sus órdenes, y el médico lo consideraba no sólo como un eficaz auxiliar, sino también como un amigo, con el que departía confidencialmente cuando la ocasión se presentaba.

Hallábanse ambos en el despacho de consulta del médico, cuya amplia ventana abierta permitía entrar la fresca brisa del gran jardín posterior.






35 Angus, el tenebroso

Youenn Cossec y Henri Le Barz, sentados en la arena, contemplaban las lanchas de pesca que iban aproximándose a la bahía de Trelazé, empujadas sin violencia por el fresco viento del noroeste, que hacía innecesario el uso de los remos.

Contra el agua de verdes transparencias, se destacaban las siluetas de las mujeres. Las esposas, hermanas e hijas que acudían a la espera, para ayudar a los hombres en la descarga del botín arrancado a las entrañas del mar.

—¡Y nosotros sin haber podido hacernos al largo! — exclamó Youenn Cossec, queriendo indicar con ello que su barca no había seguido a las demás cuando salieron a la labor.

Henri Le Barz, desde la inmensa altura de su experiencia, gruñó inteligiblemente. Ya no era joven: había «corrido mundo»... desde la costa bretona de Trelazé hasta París, en un viaje corto de una semana. Pero aquello bastaba para darle la consideración de sus paisanos de Trelazé.





36 La furia española

En las antecámaras del palacio real, donde transcurría la mayor parte de su existencia, los cortesanos fueron transmitiéndose de oído a oído una extraña noticia.

La reina Ana, aconsejada por su favorita lady Marshall, había decidido enviar un presente, como prueba de amistad y buenos deseos, a un señor baronzuelo o conde de mucho orgullo y pocas talegas, residente en las altas tierras escocesas.

Al parecer, por informes de espías, sabíase que aquel noble escocés, era un caduco anciano, achacoso, y que padecía gota.

Por lo que podía considerarse un magnífico presente el envío de un vino blanco, ligero y diurético, de las cepas reales francesas. Un tonelete que en una de las escasas épocas de paz entre Francia e Inglaterra. Su Majestad francesa había remitido a Su Majestad inglesa.





37 Dos españoles en Paris

En los albores del siglo XVIII la hermosa ciudad de Angulema era ya una urbe floreciente, y a sus muchas bellezas arquitectónicas unía la esplendorosa vitalidad de una población laboriosa cuyos gremios de tejedores y vidrieros imponían, en -el mercado mundial la perfección de sus productos.

Era Angulema una ciudad tranquila, alejada de los peligros de' mar y las incursiones enemigas, pero no obstante tenía la ventaja de obtener rápida salida a sus mercancías por vía fluvial.

El Loira bañaba sus contornos, y por sus aguas desfilaban muchas veces barcazas engalanadas portando a los invitados de ricos esponsales que animaban gratamente el paisaje Con la galanura de sus atuendos y la sana y honesta alegría de una sociedad dedicada por entero a las buenas costumbres morigeradas y al productivo trabajo.





38 Intriga macabra

Los alrededores de la famosa prisión del Chatêlet nada tenían de rientes ni invitadores. Era un sórdido conjunto de murallones grises, callejones en pendiente y mal empedrados, flanqueados por escasas construcciones donde tan sólo moraban proveedores de la guarnición y familiares de los carceleros.

Pero para el capitán Roger Grinhon el conjunto de los edificios que rodeaban la vetusta fortaleza del Chatêlet no tenía apariencia ni estilo. Eran simplemente accidentes naturales por donde desde hacía dos años, transitaba forzosamente, cada cuatro días, al frente de sus veinte mosqueteros para relevar la guardia exterior de la prisión.







39 La mujer Vampiro

La actividad reinaba en las calles adyacentes al gran mercado parisino del Rond Point de la Villette.

Por los muelles que a derecha e izquierda flanqueaban el Sena, descendían las carretas que procedentes del campo, iban a descargar sus mercancías allí.

De las cestas que los campesinos iban trasladando de sus carretas al empedrado del mercado, elevábase la cacofonía formada por los cacareos irritados de las aves de corral.

Por entre las hortalizas, frutas y pellas de manteca extendidas sobre anchas hojas de vegetales, desfilaban las campesinas con sus jarras de leche recién ordeñada.

Intercambiábanse saludos, y de vez en cuando, brotaban discusiones pronto acalladas por los robustos descargadores del mercado.

Todo era actividad en aquella temprana hora del amanecer de un día otoñal, y el cortante airecillo fresco se impregnaba de distintos aromas, según fuera el espacio por el que circulaba.





40 El Castillo de Civry

Las islas Bécassine formaban a modo de una barrera protectora entre el mar libre y la rada de Burdeos. Eran islitas despobladas, de pequeño perímetro y que distaban apenas dos millas del puerto y ciudad que integraban en conjunto la gran urbe bordelesa.

Carentes de vegetación, sin recursos naturales ni pobladores, constituían geológicamente un arco de islotes que ni siquiera merecían el honor de figurar en los mapas trazados por los cartógrafos de la época.

Tan sólo aparecían en las cartas marinas, y en ellas merecían una mención especialísima. Un signo cabalístico obligaba al marino novel que por vez primera navegaba por aquellos parajes a consultar el texto explicativo.

Los veteranos en las singladuras del Atlántico, tanto nórdicos como meridionales, no necesitaban recurrir a la lectura del texto cuando sus buques rondaban aquella antesala del Canal de la Mancha, porque conocían sobradamente el privilegio de que disputaban las islitas Bécassine. Un privilegio que convertía en productivas, paradójicamente, unas tierras yermas y estériles.



41 Los cuervos

El seto que circundaba el gran jardín en cuyo centro se erguía el castillo de Civry, tenía una continuidad compacta, sólo truncada por la cincelada verja que, abierta de par en par, proyectaba en el césped sombras retorcidas.

A cada lado del armazón de hierro, dos grandes columnas soportaban en su remate el núcleo de cadenas de las que colgaba una linterna que desprendía rojizos resplandores.

Dos caballos rumiaban estólidamente, atadas las riendas en la argolla empotrada en una de las columnas de entrada.

La nitidez del cielo, intensamente negro-azul, destacábase aun más, en contraste con el titilar de la miríada de estrellas que lo poblaba. No era una noche fría, sino de frescura aromatizada por los efluvios de la exuberante vegetación de toda índole que extendíase alrededor del castillo, aislándolo.

El halo rojizo que hasta entonces proyectaba un círculo de luz en la entrada, donde los dos caballos daban cabezadas de vez en cuando, aureoló ahora a un fornido coloso, de negros cabellos largos y enjuto rostro saturnino, en el que dos ojos fieros, estriados de rojo, hablaban de un carácter violento, de turbulentas pasiones.



42 Odisea en italia

Con la indiferencia del avezado a muchas situaciones semejantes, el médico retiróse del lecho, apartándose de la yacente que insensible a todo parecía dormir.

Se dirigió al final de la anchurosa alcoba, donde un hombre manteníase en pie, reclinado contra la pared, en la obscuridad.

—He hecho cuanto he podido, señor. Pero hay enfermedades contra las cuales nada puede nuestra ciencia—dijo el médico.

—No puedo creerlo...—murmuró a modo de réplica su interlocutor—. No recibió herida alguna, ni maltrato grave.

—Mejor habría sido, porque de heridas físicas fácil es el remedio. Pero vuestra esposa era de endeble constitución enfermiza. Muchos han debido de ser los pesares que fueron aminorando sus resistencias, y recientes choques emocionales han actuado a modo de soplos que apagaron la frágil llama de su existencia. Como deseasteis, he permanecido a su lado toda la noche aplicándole cuantos revulsivos enérgicos pudieran reanimarla. Pero mucho debió ser el espanto que le causara algún hecho reciente, porque el terror seguía anidando en su espíritu, y no pudo vencerlo la ciencia. Con vuestro permiso me retiraré. Iré a comunicar ese fatal desenlace a Maître Honoré Fripon, el notario, visto el interés que se tomó en que personalmente asistiera a la que ha dejado de existir. Ánimo, señor. Tened valor y resignación, que en trances semejantes la fortaleza de un espíritu viril sabe y debe sobrellevar las amargas...



43 Los cuatro dogos

Cosme Duranzo, “podestá” de Florencia, era muy apreciado por el infatigable celo desplegado en defensa de los intereses de la ciudad, de la que era jefe supremo en materia de vigilancia.

El único reproche que se le hacía era que no poseía ni un ápice de flexibilidad y diplomacia: “No parece un florentino”, decían de él sus mismos compatriotas.

Seco en el hablar, sombrío y antipático el rostro pétreo, Cosme Duranzo “capitán del pueblo” tenía todo el físico aspecto de los antiguos “condottieri”, pero no poseía como aquéllos la aureola de fervor popular que les ensalzaba, perdonándoles sus vicios y exagerando sus cualidades.

De Cosme Duranzo se alababa la rudeza empleada a veces, que a menudo le había hecho enemistarse con prohombres políticos, y se criticaba acerbamente su ascético vivir.

Un hombre que no bebía, no jugaba y no tenía amores; un hombre que pudiendo vivir en un suntuoso palacio por razón de su cargo, residía en una humilde mansión; un hombre que no sabía sonreír. Ése era Cosme Duranzo, y, por lo tanto, no tenía simpatías entre la masa, que estimaba que un buen florentino debía ser sutilmente, bribón, amante de la buena mesa y los naipes, original, derrochador y amable.




44 La princesa azul

Al extremo meridional de la península italiana, allá donde su especial configuración finge tacón de bota, el canal de Otranto daba salida a las límpidas aguas del Adriático que después da bañar el .litoral de la isla de Corfú, acariciaban la pléyade de islitas que en mi-riada emergían moteando las verdosas aguas del mar Jónico.

A menos de un centenar de millas y hacia el Norte del canal, seis naves artilladas abundantemente, manteníanse ancladas, separadas entre sí por trechos de media milla.

Distaban escasamente otra media milla de la franja arenosa de aquella playa adriática e italiana y ni el desierto horizonte ni la mar sin velas hacían presagiar peligro alguno.

Sin embargo, en cada una de las naves, los artilleros estaban en sus puestos y los maceros, cubiertos con sus dalmáticas, erguíanse vigilantes de babor a estribor y de proa a popa. En las torretas de las cofas, los vigías oteaban constantemente el mar, y en las escalas de cuerda, suspendíanse otros centinelas, también atentos a enfocar las aguas meridionales en que se estrechaba el horizonte señalando a lo lejos el canal de Otranto.



45 Tres amores

Era un día de ajetreo el que amanecía en Knossos, la ciudad portuaria capital de la isla de Candía, que se hallaba en poder de los otomanos.

No era la celebración del aniversario de la derrota de los venecianos, ni tampoco la bulliciosa algazara bélica con que las cuatro naves de Deli Hussein acogían la arribada de alguna nave victoriosa en aislada escaramuza con naves de infiel.

El mismo pueblo cretense sojuzgado inquiría sin hallar respuesta, porque todos ignoraban el motivo por el cual reinaba tanta actividad en los habitualmente perezosos e indolentes turcos.

Veían que los genízaros, tanto los pertenecientes a la guardia de la ciudad y de la mansión de Deli Hussein, como los tripulantes de las cuatro naves surtas en el puerto, iban y venían, pero no en forma impremeditada, sino, indudablemente, llevando a cabo una misión determinada.





46 Escala en tinerife

Cada época marca con sus conceptos morales el uso de determinadas prácticas. En nuestros tiempos, ha adquirido un siniestro renombre la imagen del negrero, y lo equiparamos a un monstruo desprovisto del más elemental concepto de humanidad.

Pero en los siglos XVII y XVIII, cuando el comercio del “ébano” estaba en su apogeo, no se consideraba al negrero como delincuente ni como malvado y no contaba con la reprobación mundial, como ocurría con los héroes indignos, pintorescos, sin fe ni ley, que enarbolaban pabellón pirata.

Por salvaje que pueda parecer el comercio negrero, y por crudamente sanguinarias que resultasen muchas de sus aventuras, el armador y el capitán de un barco negrero, eran las más de las veces un comerciante honesto, un marino escrupuloso, o un gentilhombre adinerado que gozaba de la estima de todos sus conciudadanos.





47 Los negreros

A las nueve de la noche del 17 de marzo del año de 1711, un escuadrón de caballería marchaba al paso, acompasando la marcial cabalgata los estridentes sones de los clarines de los cuatro jinetes que iban en cabeza, abriendo marcha.

Una ligera lluvia, casi impalpable, goteaba cansinamente rezumando líquida melancolía. De vez en cuando, se elevaba un repique de campanas, y los tañidos de bronce, graves y monótonos, acentuaban la impresión de misticismo que emanaba de las recoletas calles de la ciudad de La Laguna.

A lo lejos, en el fértil valle encajonado entre montañas, una miríada de luces parpadeaba, creando la ilusión de un tapiz de estrellas a ras del suelo.

Eran las linternas de los barquichuelos que atravesaban la extensa laguna que daba nombre a la ciudad elegida por los conquistadores españoles como capital de la isla tinerfeña.






48 Rumbo al caribe

Los reunidos en el sótano de aquel mesón gaditano a la media noche de un día septembreño del año 1716, tenían todas las trazas de conspiradores.

Sentábanse alrededor de la larga mesa, desprovista de manteles y muchos de ellos ostentaban rostros magros, de ojos encendidos, plasmando en sus semblantes cierto fanatismo, aunque la verdad era que el impresionante aspecto que ofrecían no se debía a inquietudes espirituales provocadas por la discusión de problemas sangrientos.

Uno de los comensales de la mesa sin vituallas ni bebidas, levantóse y resumió en pocas palabras la situación:

—Tenemos hambre. Un hambre canina que en feroces retortijones anuda nuestras tripas y hace que entre sí se besen las paredes estomacales ansiosas de separarse.

Con delicado gesto de afectación, una de las mujeres que asistía a la reunión, sacudió en el aire su pañuelo de encajes, como para ahuyentar un perfume poco grato.

—Aparte de que no dices nada nuevo, amigo Ernesto—habló con dicción rebuscada y altivez de gran dama—tus palabras nada tienen de discretas.




49 Rebelion criolla

Cada época marca Mediaba febrero del año 1720. Por las calles de París, alegres grupos de mascarones agitábanse ruidosamente en zarabandas tanto más agitadas, cuanto que el frío era cortante.

El Carnaval licencioso permitía todas las licencias. Distintas eran las reacciones y las embriagueces, pero en un punto coincidían todos los que rendíais culto al dios Momo.

Bailoteos, saltos, carrerillas y danzas en ronda tenían el entusiasmo no sólo de la ficticia alegría, con que la máscara liberaba a las gentes del cotidiano vivir, sino también del ejercicio realizado con el fin de sentir menos el cierzo helado que soplaba por las calles.

Un grupo de máscaras bailoteó alrededor de una carroza de cerradas portezuelas; los cristales aparecían empañados por la estufilla que interiormente ardía, calentando el recoleto espacio sin viajeros, en contraste con el intenso frío callejero.

Los dos caballos estaban recubiertos por pesadas mantas que, bien cosidas, les abrigaban también la cabeza, de la que sólo sobresalían por sendos agujeros los ojos y las orejas.