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lunes, 29 de diciembre de 2014

Angela Carter - En Compañia de Lobos

Una fiera y sólo una aúlla en las noches del bosque.
El lobo es carnívoro encarnado y es tan ladino como feroz; si ha gustado el sabor de carne humana, ya ninguna otra lo satisfará.
De noche, los ojos de los lobos relucen como llamas de candil, amarillentos, rojizos; pero ello es así porque las pupilas de sus ojos se dilatan en la oscuridad y captan la luz de tu linterna para reflejarla sobre ti... peligro rojo; cuando los ojos de un lobo reflejan tan sólo la luz de la luna, destellan un verde frío, sobrenatural, un color taladrante, mineral.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Angela Carter - El Doctor Hoffman y las infernales maquinas del deseo

El diabólico doctor Hoffman se ha propuesto librar una guerra sin cuartel contra las estructuras de la razón, y liberar así definitivamente a los seres humanos de las cadenas del principio de realidad. El campo de batalla de esta guerra será las mentes y corazones de hombres y mujeres. En las ciudades pobladas de espejismos nada es lo que parece, y la vida cotidiana se ha convertido en un complejo laberinto donde caben todas las posibilidades. Sólo Desiderio, que vive en la ciudad desde los comienzos de la guerra, puede dete-ner al doctor Hoffman.

“Angela Cárter es una de mis drogas favoritas.” - TOM ROBBINS

sábado, 27 de diciembre de 2014

Angela Carter - Heroes Y Villanos

Marianne tenía ojos penetrantes, fríos, y mal genio, pero su padre la amaba. El padre era Profesor de Historia; en el comedor familiar, sobre el aparador en que guardaban la heredada vajilla de acero inoxidable, tenía un reloj al que daba cuerda todas las mañanas. Marianne pensaba que el reloj era la mascota de su padre, como lo fuera el conejito para ella, pero el conejito murió pronto y se lo entregaron al Profesor de Biología para que lo destripara, mientras que el reloj continuó con su inescrutable tic-tac. Marianne concluyó, pues, que el reloj era inmortal pero esto no la impresionó. Mientras comía, sentada a la mesa, observaba con indiferencia el movimiento de las manecillas, pero nunca sentía que el tiempo pasase, pues estaba congelado alrededor de ella en ese apartado lugar, donde una quietud pastoral se adueñaba de todo y el infatigable reloj tallaba las horas en esculturas de hielo. Marianne vivía en una torre blanca de acero y cemento. Se asomaba a la ventana y en el otoño veía una resplandeciente colina de maíz, y huertos donde los árboles crujían con manzanas rojas; en la primavera, los campos se desplegaban como banderas, primero castañas luego verdes. Más allá de las tierras de labranza no había más que pantanos, unas indiferentes ruinas de piedra, y a lo lejos las manchas borrosas de los bosques, que en ciertas noches tormentosas de fines de agosto parecían avanzar y amenazar a la comunidad, aunque, la mayor parte de las veces, los sitiados acordaban ignorarlos. La torre de Marianne se alzaba entre otros bloques de cemento y acero que habían sobrevivido a la explosión, y funcionaban ahora como barracas, museo y escuela. Bordeando las calles anchas había casas rectangulares de madera, establos y huertos. La comunidad cultivaba maíz, lino, verduras y frutas. Criaba ganado por la carne, la leche y la lana, además de aves por los huevos.